Colegios
El colegio Mackay de Viña del Mar quedaba en la avenida los Castaños.
Me iba en bicicleta por la línea del tren.
Junto a los resecos durmientes había pequeñas flores amarillas.
En el colegio me esperaban “Beatings”, o palizas, y “Detentions” (detenciones): horas de
permanencia encerrado los días sábado y domingo en una sede del colegio en calle Siete
Norte.
En cada hora de “detention” había que escribir cien veces “I must not….(lo que habias
hecho) Ej. No debo hablar en clases.
Los Beatings consistían en 3, 6 ó 9 palos en el culo con un coligüe cada vez más delgado.
Los primeros palos en overol, los segundos en pantalones y los últimos en calzoncillos.
Lamentablemente entre el ardor y el dolor del culo me daban ganas incontenibles de reír,
tipo “Joker” de Joaquin Phoenix, lo que molestaba a los encargados del orden.
Un día en la oficina del director, un inútil apropiadamente apellidado Cave (to cave:
ceder), después de los nueve palos de rigor a manos del inspector jefe, Mister Pérez, salté
sobre el escritorio de Cave y tiré al pìso un retrato de una tal Reina Isabel. Me expulsaron.
En el Mackay mi mente de niño fue polinizada por el profesor Luis Sariego, sujeto grueso,
tal vez de sesenta años (durante la niñez cualquiera de mas de treinta nos parecía un
viejo), calvo, de gastado terno azul o gris, quien además manejaba una tiendita donde
vendía caramelos durante los recreos.
A pesar de su aspecto Sariego lograba que le creyéramos que había sido protagonista o
destacado actor en cada importante evento en la historia de la humanidad y en cada mito
y leyenda de Grecia y de Chiloé.
Fue uno de los generales de Napoleón.
Empujó a Julio César cuando el vacilante romano no osaba cruzar el Rubicón.
Ejecutor de los designios de la Quintrala. Ella daba las órdenes. El, las puñaladas.
Asistente de deseos de la reina Victoria de Inglaterra. Ella lo apuraba para que pasara el
siguiente. Sariego transpirando sacaba por una puerta al que salía a medio vestir y metía
por la otra al siguiente a medio desnudar.
Segundo de Drake y mano derecha del propio Corsario Negro.
Durante el Combate Naval de Iquique no saltó al “Huascar”, con Arturo Prat, porque su
chaqueta azul recien estrenada se le enganchó en un clavo de “La Esmeralda”, lo que le
salvó la vida pero casi lo hizo ahogarse cuando la vieja nave se hundió.
Aunque trataba de disimularlo, su raída chaqueta mostraba las huellas del clavo que la
rasgó doscientos años antes, lo que ante nuestros ojos demostraba que Sariego habia
estado en ese combate y en otros de los que daban cuenta sus numerosas cicatrices
No nos quedó claro si fue el buen ladrón crucificado junto a Jesucristo o el propio Papa Pío
XII traicionando a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
Así, con ese aspecto que le permitía pasar desapercibido, Sariego había escrito de puño y
letra la historia de la humanidad.
Un día, durante una clase, desesperado porque yo interrumpía sus fantásticos relatos con
mis incontenibles chanzas y salidas, Sariego perdió el control y con el canto de una regla.
me rompió la cabeza, la cara y los brazos con los que intenté cubrirme de su feroz ataque.
Quedé sangrando.
Las autoridades del colegio decidieron expulsarlo.
Salí en su defensa.
Dije que en mi opinión yo merecía la agresión de la que había sido objeto. Que Sariego era
un tipo admirable. Que no tenía sentido que por unas gotas de sange de un alumno
incorregible el colegio se deshiciese de un valiente que se habia bañado en sangre de
griegos, ingleses, moros, españoles, marcianos, fantasmas, dragones y vaya a saber uno de
quiénes.
Imploré que lo perdonaran, lo que en efecto ocurrió.
Mister Perez, el inspector, pensaba que con gusto me habría partido la cara y la cabeza si
con sus miles de palos en el culo solo había logrado arrancarme carcajadas.
Muchos años después visité a Sariego para expresarle mi admiración y agradecimiento
porque llenó mi infancia de fantasías más que el mismísimo Emilio Salgari.
Cuando me echaron del Mackay School ingresé al colegio de los Padres Franceses de Viña
del Mar, donde en la primera clase el profesor de matemáticas, Francisco Jimenez, por su
aspecto apodado Tolomiro, nombre que entonces se daba a los Moai, me sacó adelante y
ante mis nuevos compañeros me preguntó de dónde venía, quién había sido mi profesor
de matemáticas y cuál había sido mi nota.
No recuerdo el nombre del profesor de matemáticas, creo se llamaba Flores, pero sí que
había terminado con un 6 sobre 7, nota que el profesor del Mackay me dijo era la mas alta
que habia puesto y que solo un alumno anterior lo había logrado, un tal Miguel Frías,
quien despues fue el primer esposo de la escritora Isabel Allende. Con Miguel compartí
méritos alguna otra vez. Lo conoci muy superficialmente en Venezuela.
Mi alta nota sorprendió mucho al profesor Jimenez. En esa época los profesores de otros
colegios tenían prestigio derivado de que a fin de año venían comisiones del gobierno a
evaluar a los alumnos de los colegios privados y el éxito o fracaso de sus alumnos se
divulgaba.
Durante un par de años tuve de clases de matemáticas con el profesor Jiménez, de escaso
prestigio pedagógico, y después, durante varios años, con el profesor René Moraga, de
elevado prestigio.
Mi experiencia es que con Jiménez tuve grandísimos progresos.
Moraga siempre pensó que yo era un tramposo que no sabía nada de matemáticas, que
me limitaba a copiar lo que hacían mis demás compañeros.
Lo extraordinario es que siendo yo un muchacho de mala conducta, con el overol siempre
manchado de tinta porque peleábamos tirándonos tinta en los recreos, cuando el
profesor Moraga faltaba a clases era a mí a quien llamaban para que diera clases a sus
alumnos.
El profesor Jiménez nos enseñó acerca de lo que en geometría se llama “lugar
geométrico”. Nos dijo que existían 157 casos posibles de construcción de triángulos,
construcciones que se hacen valiéndose de dichos “lugares”.
Nos recomendó comprar una libretita y anotar ahí los 157 casos posibles para
desarrollarlos en la micro, en el dentista, en cualquier lugar adonde fuéramos.
No sé si alguien más le hizo caso pero yo sí: compré mi pequeña libreta, anoté los 157
casos posibles de construcción de triángulos y los fui desarrollando uno por uno, lo que
me convirtió en cierta medida en un geómetra.
Esto me facilitó inmensamente las clases de geometría en el primer año de ingeniería y
mucho más las de geometría descriptiva en el segundo año de ingeniería donde esta
materia conducía a que los estudiantes reprobaran la materia y con ello el año.
No asistí en todo el año a clases de Geometría Descriptiva.
Cuando llegó el momento de presentar el examen de fin de año averigüe cuál es el libro
fundamental sobre la materia. Me dijeron que el de Donato di Pietro.
Entonces me instalé en el porche de la entrada de la casa de mi tía Fe, en la calle Tabaré, a
estudiar el Donato di Pietro, libro que no recuerdo si era de 300 o de 600 páginas. En todo
caso era un maravilloso compendio de Geometría Descriptiva.
Cuando llegué a presentar el examen los problemas que nos propusieron me parecieron
triviales.
Como muestra de mis conocimientos tomé la decisión de desarrollar un ejercicio
consistente en la intersección de dos volúmenes de revolución. Cuando revisaron mi
examen me ofrecieron ser ayudante de cátedra de esa materia.
En resumen, las enseñanzas elementales que me dio el profesor Jiménez fueron de
inmensa ayuda para mi.
Pasé toda mi infancia desde que tengo uso de razón hasta los 12 o 13 años con un asma
muy intensa de naturaleza alérgica como toda asma.
En esa época no tenían la menor idea de lo que era el asma y entonces los enfermos
sufrimos la tradicional estupidez e ignorancia de los médicos.
Como mis padres eran millonarios yo era conejillo de pruebas de los tratamientos más
novedosos.
Por ejemplo, algunos doctores iluminados decían que el problema era que yo no sabía
respirar. Entonces me enseñaban a respirar y me ponían expertos que me hacían
ejercicios todos los días para que yo finalmente aprendiera a usar mis pulmones.
Andaban cerca del problema, pues el problema era que en mi cuarto había un enorme
plumón, no pulmón sino plumón, de plumas. Este era el que me causaba la alergia que
tuve que sufrir tantos años.
También intentaron como solución ponerme a diario ciertas inyecciones no sé de qué
ungüento. Entonces todos los días venía el doctor Rojas a ponerme una inyección y todos
los días yo planificaba cómo meterle una patada en la cara y romperle los anteojos cosa
que logré en algunas oportunidades.
Muchachito, de nueve o 10 años me gustaba abandonar mi casa en las noches, sobre todo
en invierno, y caminar aullando como hacen los perros. Al poco rato un perro a lo lejos
comenzaba a aullar y así poco a poco se iban sumando otros, de modo que pasado un rato
de caminar había muchos perros aullando por toda la ciudad y quizás a qué distancia de
ésta.
A veces en las noches estos aullidos eran interrumpidos por la sirena de algún barco, la
que con su altísimo volumen apagaba todo otro sonido.
El asma me duró hasta que empecé a ir a la piscina de Ocho Norte, en la que me convertí
en un profesional de la natación.
Cada dia en las mañanas nadaba 3000 metros de braceo y en las tardes 3000 metros de
pataleo.
Con eso hacía alrededor de seis horas diarias de entrenamiento.
Tenía 13 años.
Al cabo de un tiempo, decidí competir en mi primera prueba de larga distancia. Participé
en una carrera de 800 metros.
En esa época estas carreras eran para mayores de 18 años por lo que me dieron un
permiso especial para competir en ella. Como es habitual todos los participantes nadaban
estilo Crawl.
Como le tenía bastante miedo a la distancia, me fui nadando estilo pecho.
Así y todo, nadando pecho en contra de crawlistas, llegué tercero entre ocho
competidores. Ello me valió aplausos de los asistentes y una fuerte motivación para seguir
nadando. Después participé en carreras de larga distancia en piscina y en mar abierto y
me acostumbrá a nadar en nuestro océano Pacífico, dia y noche, durante los 12 meses del
año.
Digo día y noche porque por ejemplo en la playa las Salinas, cerca de Viña del Mar había
una balsa a 200 m de la playa, la que tenía por objeto que los bañistas pudieran llegar
hasta ella y descansar antes de regresar a la orilla. Con Pancho Mora nos gustaba
meternos en la noche a buscar la balsa, que no se veía en la oscuridad. Entonces
llegábamos hasta ella sumergiéndonos y guiándonos por el sonido de la cadena de hierro
con la que estaba anclada al fondo del mar.
La piscina olímpica de ocho norte tenía 50 m de largo.
Competí en todo tipo de carreras, incluyendo 200 m cuatro estilos.
También competí en partidos de waterpolo, lo que me valió ser representante no
recuerdo si de la provincia de Valparaíso o de la ciudad de Viña del Mar para competir en
Iquique o en Antofagasta en el campeonato nacional de waterpolo.
Lamentable o afortunadamente, nunca se sabe, mi madre se negó a firmar la autorización
para que yo pudiera viajar hacia el norte, a los trece años, con el equipo de waterpolo.
Muchas años despues, cuando del nadador profesional sólo me quedaban los recuerdos
una tarde nadaba a unos doscientos metros de la costa frente a la avenida Perú, desde 8
Norte en direccion al Cap Ducal. Usaba el pelo relativamente largo. Sentí que el pelo
endurecido, empapado en petróleo a consecuencia de que había pasado nadando por una
gran marcha de petróleo, se me enterraba en la espalda.
Sin saber cómo manejar la situación sali del mar por las rocas de la avenida Peru y caminé
hasta hasta la gasolinera de 6 Norte con San Martin, donde pedi que me escanciaran
gasolina en la cabeza para sacarme el petróleo, el que imaginé que se disolvería con la
gasolina.
Apenas me empezaron a bañar con gasolina sentí que el cuero cabelludo, la nariz y los
ojos se me quemaban y que me mareaba hasta casi desfallecer. De alguna manera
aguanté esas dificultades y me fui a casa muy quemado pero sin petróleo en la cabeza.
Pocos dias despues me recuperé de las quemaduras.
Mi condición de buen nadador me hizo vivir algunas anécdotas, una de ellas en Puerto
Rico, casado con Lilianette, mi primera esposa.
Me eche al mar y nadé probablemente algunas horas, después de lo cual sali a una playa a
observar un edificio en construcción, puesto que en esa época era contratista y entonces
me interesaban las obras de edificación.
Estaba en eso cuando una pareja se detuvo a mi lado y me dijo tal vez usted, alto, calvo y
de barba sea la persona que andan buscando porque lo dieron por muerto.
Entonces volví caminando hasta la playa donde me había separado de Lili.
Poco antes de llegar a esa playa me encontró la policía que me llevó hasta un cuartel
donde lloraba Lili, que me había dado por muerto.
Cuando viajé a Río de Janeiro estábamos con Salvador “Pitiño” Zahr, en una playa. Salí a
nadar por la bahía de Guanabara y lo hice durante algunas horas, hasta que llegó el
momento en que decidí salir hasta la playa más próxima, muy lejos de aquella donde yo
había arrancado a nadar. Regresé caminando hasta encontrarme con Salvador.
No solo obsesivo nadador.
Con mi bicicleta sin cambios me gustaba correr contra los buses que hacian el recorrido de
cuarenta kilómetros entre Viña de Mar y Quintero.
Corría desde 8 norte hasta Quintero y desde este balneario de regreso a casa.
Un dia llegando a 8 norte cai bajo unos autos estacionados.
Solo me dañé completamente la muñeca izquierda. El diagnóstico médico fue: irreparable.
MI madre no se resignó: me llevó a una compositora de huesos del cerro Los Placeres.
La vieja compositora me aplicaba unguentos de olor isoportable y me hacia masajes
terriblemente dolorosos. Iba metiendo cada hueso al lugar que el correspondia en la
muñeca. Todos los siete se habian salido. Fueron meses hasta que quedé relativamente
bien.
Años despues, cuando postulaba a ser tambor en la banda de guerra del colegio, el primer
ejercicio era tomar los palillos con una mano y girar la muñeca de modo que mos palillos
se movian como una hélice hacia un lado y otro. La izquierda sonaba mas que el tambor
mientras los huesos terminaban de acomodarse, lo que finalmente ocurrió.
De los Padres Franceses me expulsaron varias veces por las diversas razones y siempre me
recibieron de vuelta porque si bien tenía muy mala conducta era un excelente estudiante
y especialmente porque era de los alumnos que cuando a fin de año venían las Comisiones
evaluadoras daba una buena imagen y obtenía magníficos resultados.
El profesor de castellano, “Fardito” Juan José de la Torre, no me permitía entrar a sus
clases porque las boicoteaba con mis comentarios y mi altísimo interés y conocimientos
en la materia.
Pero cuando a fin de año llegaba la hora de rendir examen ante la Comisión evaluadora de
que venía de los liceos estatales, yo sacaba la nota máxima y el profesor Fardito decía a los
examinadores “si ustedes le hubieran preguntado la pregunta que le hicieron a los jóvenes
de la otra línea”, porque no separaban en una línea A y una línea B para que no nos
copiáramos, “se habrían podido dar cuenta de lo mucho que sabe este muchacho.”
La verdad es que yo leía incansablemente, había memorizado el libro de métrica que
todavía recuerdo casi completo, y me sabía los monólogos de casi todas las obras de
teatro que aparecían en el grueso compendio con el cual estudiábamos Castellano.
Sesenta años después que salimos del colegio nos reuníamos con frecuencia seis o siete
compañeros de clase. Un día no preguntamos quién había sido el mejor profesor que
tuvimos. Coincidimos en que fue Luis “El Sapo” Oyarzun, profesor de historia en primero y
segundo humanidades y de filosofia durante algunos meses en 5º ó 6º año humanidades.
Llegué a los Padres Franceses en segundo año. Yo tenía 12.
El Sapo se dio cuenta que yo había leido mucho de los temas más variados: tragedias
griegas, historia, filosofia. No disimulaba su admiración por mí. Me ponía varios “siete” (la
nota maxima) cada vez que yo intervenía en clases acerca de algún tema con respecto al
cual lo razonable era que yo no tuviera conocimiento alguno.
Un día, en clases, el Sapo me dijo “Yo a los 18 años leí el Ulises, de James Joyce. Vamos a
ver si usted es capaz de leerlo cuando tenga esa edad.”
La verdad es que no fui capaz de hacerlo. Cuando intenté leerlo no logré avanzar
demasiado.
El Sapo fue un gran maestro. Dejó una profunda huella entre nosotros.
El colegio de los Padres Franceses trajo profesores jóvenes de diversas disciplinas: historia,
filosofía, castellano, ciencias sociales. Ellos dejaron profunda huella en nosotros.
Recuerdo especialmente a Óscar Luis Molina Sierralta quien presentó en una Academia
Literaria su obra “Silencio, palabra, vida y riesgo” la que causó profunda impresión en mí.
Mi amistad con Óscar Luis Molina se prolongó durante casi toda nuestras vidas. Fue de
gran ayuda en la revisión de los libros que escribí y me asesoró sobre cómo manejarme
con potenciales editores. Doctor en filología románica de alguna universidad de Bélgica
fue un gran traductor.Recibió varios premios en esta disciplina.
También fue de gran enseñanza el profesor Oscar Godoy Arcaya, quien falleció
recientemente y con quien tuve oportunidad de reunirme un par de meses antes de su
muerte. Brillante, interesado en sus alumnos, conocedor de la filosofía de Aristóteles.
Algunas noches salimos caminar para discutir de filosofía.
Cuando recien llegó a suceder al Sapo Oyarzún el profesor Godoy estaba preocupado
porque yo no sabía nada de lógica aristotélica y no tenía el menor interés en ella.
El se había encontrado con el problema de que cuando llegó a darnos clases yo tenía 24
notas “siete” que me habia puesto el ”Sapo” Oyarzun, de modo que llegaría a fin de año
con una nota muy alta y la Comisión examinadora observaría que yo no tenía la menor
idea de un aspecto tan importante como en opinión de ellos era la lógica aristotélica.
La primera vez que nos reunimos, Oscar llegó de noche a visitarme a casa. Se llevó la
sorpresa de que en la mansión en que yo vivía estaba empotrado en letras de hierro en
una pared exterior el titular “Antonio García, filósofo”, instalado por mi padre para
referirse a él mismo, quién se caracterizaba por el buen humor e irresponsabilidad.
En el colegio de los Padres Franceses de Viña, el primero o el último viernes de cada mes
en una enorme sala se hacía una reunión de lo que se llamaba la Academia Literaria,
donde quienes teníamos alguna disposición a escribir presentábamos nuestras obras
dándoles lectura delante de una nutrida concurrencia.
La que más recuerdo con satisfacción fue mi ensayo “De Newton a Gagarín”. obra que
causó inmenso escándalo. Todo el mundo se reía a carcajadas. El profesor Juan José
“Fardito” de la Torre golpeaba sus pesados libros sobre el escritorio intentando expresar
efusivamente la diversión que experimentaba. Después de esa sesión de la Academia
Literaria me dijeron que yo era un verdadero Voltaire.
No tenía la menor idea quién era Voltaire, de modo que no me sentí tan halagado como
debí haberme sentido.
Eramos tres hermanos. Mi hermana, un año mayor, estaba dos años más arriba que yo en
el colegio y al ver las dificultades que ella y sus amigas tenían con las matemáticas empecé
a ver de qué se trataba el asunto. Tan pronto entendí los temas empecé a enseñarles
matemáticas. Así quedé dos años adelantado con respecto a lo que me iban enseñando
en el colegio y descubrí que podía ganar dinero, primero dando clases de matemáticas y
después dando clases de todas las materias, según ponía en mis avisos de prensa.
Así me fui haciendo de un buen grupo de alumnos y un ingreso, aunque limitado,
suficiente para atender mis escasas necesidades. Seguí dando clases particulares y en
institutos hasta tercero o cuarto de ingeniería.
La más extraordinaria anécdota de mis años de colegios la viví asociado con el “chico”
“SoKo” Jorge Tapia Soko, muchacho reservado, más bien callado, bajo, macizo, excelente
boxeador y capaz de involucrarse en cualquier aventura, de cuya amistad disfruté hasta
hace alguno años cuando murió de cáncer.
En la banda de guerra del colegio él era brigadier de trompetas y yo, de tambores.
Le propuse hacerme pasar por alguna autoridad de nuestro colegio y organizar un desfile
con el colegio de las Monjas Francesas, el que con el nuestro desfilaba en forma conjunta
en los tradicionales desfiles del 21 de mayo en Valparaíso.
En esos desfiles la banda de nuestro colegio encajonaba. Ahí estábamos, SoKo en las
trompetas y yo en los tambores, para que desfilaran ante nosotros primero las muchachas
de las Monjas Francesas de Viña del Mar y después nuestros compañeros de los Padres
Franceses de esa ciudad.
MNe hice pasar por una autoridad de nuestro colegio, llamé a la directora de las Monjas
Francesas, le hice ver que el año anterior el desfile fue un fracaso porque las chicas
desfilan muy mal y le informé que le estábamos enviando un par de músicos de nuestra
banda para que llevaran a las muchachas a desfilar a la avenida Perú, tradicional paseo
costero de la ciudad.
Llegada la fecha del ensayo, Soko y yo nos escapamos del colegio con nuestros
mamelucos, asqueroso el mío y limpísimo y ordenado el suyo, cada uno con su
instrumento y caminamos hasta la sede de las Monjas Francesas, a algunas cuadras de
nuestro colegio. De ahí sacamos a las 700 alumnas.
Flautistas de Hamelin, él trompeta y yo tambor, las llevamos desfilando, tal vez quince
cuadras, hasta la avenida Perú. Las hicimos pasar ante nosotros tantas veces cuantas nos
pareció necesario para disfrutarlas y para que eventualmente aprendieran a desfilar, cosa
que por supuesto no ocurrió. Luego las llevamos desfilando de vuelta hasta su colegio.
Este maravilloso evento lo volvimos a repetir sólo una vez más y es indudablemente el
más fantástico recuerdo que tengo de mis años de colegio.
No menos impactante como recuerdo es cuando asociado con el guatón José Recalde, hijo
del dueño de ferreteria Covadonga, la mayor de Viña, nos robamos las principales piezas
del museo del colegio.
Yo me quedé encerrado en el museo hasta que se hizo de noche, cuando Pepe llegó con
su Ford 350 y empezamos a bajar desde los dos pisos de alto del edificio del colegio las
piezas del museo que funcionaba en el entretecho . Terminada la tarea bajé por la cuerda
y nos fuimos con su camión lleno de piezas del museo, los que guardamos en las bodegas
de la ferretería durante más de un año.
Cuando ya se había acabado todo el revuelo y las investigaciones relativas al robo del
museo, repetimos la maniobra de regreso y devolvimos todas las piezas o al menos la
mayor parte de ellas.
Durante el periodo escolar mis estudios de matemáticas se vieron complementados por la
circunstancia de que en el colegio de los Padres Franceses de Valparaíso había un
sacerdote que era coleccionista de problemas de matemáticas.
Comencé a visitarlo.
El manejaba varias carpetas en las que archivaba fisicamente, en esa época sin
computador, las mejores soluciones que había conocido para cada problema de planteo
que le habia parecido suficientemente sofisticado o indescifrable.
La primera vez que lo visité me entregó tres o cuatro problemas para que me los llevara y
una vez que los hubiera resuelto le trajera las soluciones.
Tomé la micro desde desde Valparaíso a Viña del Mar. Durante el trayecto de la micro
pude imaginar las soluciones a cada uno de los problemas, de modo que llegando a Viña
tomé otra micro, me acerqué hasta donde el sacerdote coleccionista y le hice exposición
de mis soluciones a cada uno de sus problemas.
En varias oportunidades visité al sacerdote coleccionista.
Tuve entonces ocasión de convertirme en un verdadero experto en problemas de planteo
de matemáticas.
También fortalecí mi nivel matemático en reuniones con el Soko Tapia y otros estudiantes
con los que nos preparamos para el bachillerato o la prueba nacional de ingreso a la
universidad. Mis resultados en esa prueba nacional no fueron muy buenos pero sí
suficientes para ingresar en ingeniería civil, en Santiago, en la Universidad Católica y en la
Universidad de Chile.
Comencé yendo a la Universidad Católica.
Como siempre llegaba tarde quedaba sentado lejos del profesor. Dado que las salas eran
planas no lograba una buena percepción de lo que el profesor exponía.
Entonces fui a ver cómo era la cosa en la Universidad de Chile. Las salas eran en forma de
anfiteatro, de modo que aunque llegara muy tarde podía escuchar al profesor y entender
lo que estaba pasando en la clase, dado lo cual opté por quedarme en la Universidad de
Chile. De modo que elegí universidad solo por dónde escuchaba y veía mejor.
Ya por terminar los días de colegio, veníamos desde Concón en el Peugeot de Oscar
Landman Hinzpeter, todos borrachos, Pancho Mora, Donoso, Pepe Hinzpeter y el
suscrito, tal vez a 120 o 140 kilometros por hora, por la recta de Salinas en dirección al
centro de Viña del Mar.
A medida que nos acercamos a 15 Norte, manejando desde su borrachera Oscar nos
preguntaba: ¿doblo por 15 Norte o sigo derecho por San Martín?
Algunos gritábamos dobla. Otros: derecho.
Llegando a la bifuración Oscar gritó doblo y el carro empezó a rodar sobre su costado
derecho. Golpeó contra las paredes de la fábrica de la COIA, compañía industrial de
azúcar, una enorme fábrica diseñada y construida algunas décadas antes por mi padre.
El automóvil rodó hasta quedar parado en el área de carga de la compañía industrial.
Nos bajamos todos milagrosamente incólumes y decidimos seguir emborrachándonos
donde fuera.
Dos o tres días después José Pepe Hizpeter González, años más tarde corrupto abogado,
entonces malo para tomar porque se emborrachaba el primer trago, abandonó el grupo y
regresó a su casa en Tres Norte, cerca de Los Castaños.
Una vez en su casa varios familiares de los desaparecidos accidentados acudieron a
reunirse con él, ya que lo único que sabían de nosotros era que el carro de Oscar Landman
apareció destruido dentro de la fábrica en 15 Norte.
Le preguntaban por nosotros.
José en su borrachera, solo murmuraba: yo sé dónde están pero no les voy a decir.